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EL GRAN ESPANTO
Anónimo suizo
Con frecuencia me viene a la memoria el recuerdo de la pequeña
chiquilla y del pequeño ratoncito, y pienso entonces en el gran espanto que
sufrieron los dos.
La pequeña chiquilla estaba en su cama y proyectaba siluetas con las
manitas en la pared, pues la Luna iluminaba como una lámpara. Reinaba un
profundo silencio en la habitación y las personas mayores de la casa creían
todas que la pequeña chiquilla dormía hacia ya rato. Y, en verdad, no hubieran
sabido tampoco que estaba todavía despierta, a no ser por un pequeño ratoncito
que, al hacer su paseo nocturno, dio con la naricilla en una migaja de
chocolate.
-¡Cui-cui! -gritó el pequeño ratoncillo, gozoso.
Entonces escuchó atentamente la pequeña chiquilla.
-¡Cui-cui! -gritó de nuevo el pequeño ratoncillo, con lo cual quería
decir: "¿Hay todavía más chocolate ahí?"
Buscó y rebuscó, y caminó con sus cortos pasitos de aquí para allí. De
repente se encontró en la gran claridad de la luna, justamente delante de la
cama de la pequeña chiquilla.
-¡Ay, ay! -gritó ella con gran espanto, y saltó por el otro lado fuera
de la cama.
El pequeño ratoncillo, sin embargo, al oír tales gritos, trepó, lleno
de espanto, por la sábana y se ocultó en el lecho. Entonces gritó de nuevo la
pequeña chiquilla con más fuerza que antes. El ratoncillo saltó en amplio
círculo al suelo y pasó junto a los desnudos pies de la chiquilla. Entonces
resonó tal grito de espanto en la habitación, que al pobre ratoncillo se le
detuvo casi el corazón. Buscó desesperado la puertecita de su morada en la
pared, mientras la pequeña chiquilla saltaba otra vez a la cama, se tapaba la
cabeza con la manta y encogía los pies hasta tocarse la barbilla con las rodillas.
Finalmente, cuando estuvo el pequeño ratoncillo en su casita, sollozó
"¡Cui-cui!", y se desplomó tembloroso.
-¡Pobre hijo mío! -dijo la mamá ratón-. ¿Qué es lo que te ha asustado
así?
-Un gigante con una voz espantosa.
"Esto puede curarlo enseguida un pedacito de sebo" pensó la
mamá ratón. Fue, pues, a buscar lo que tenía, y lo puso ante la naricilla de su
querido hijito. "¡Sí, sí, esto servirá!" Y, en efecto, mientras el
ratoncillo roía el sebo, disminuyó su temblor.
Allí enfrente, al lado de la pequeña chiquilla, se hallaba también la
madre junto a la cama. Al oír los gritos, lo echó todo a un lado y corrió en su
ayuda.
-¿Qué es lo que te ha asustado, que tiemblas y lloras de esta manera?
-¡Un gran animal que se me quería comer!
-¡Pobre hija mía! ¿Será eso verdad? -dijo la madre.
Pero sabía muy bien lo que podía consolar a su hijita. Sacó un
pedacito de chocolate del plateado papel y cesaron de fluir al punto las
lágrimas. De modo que, mientras lamía la golosina, dejó también de temblar la
pequeña chiquilla.
Pronto se quedó dormida la pequeña chiquilla en su camita, y el
pequeño ratoncillo se quedó dormido también en su casita. Y con ello quedaba
olvidado el grande y terrible espanto con que se habían asustado uno de otro.
FIN